EL CRIMEN SE DEVORA A LA CUARTA TRANSFORMACIÓN


Ricardo Ravelo / La Opinión de México
Ante una falta de estrategia clara, el gobierno de la Cuarta Transformación enfrenta una de las crisis de seguridad más agudas, aunque no fue menos grave la que se vivió en el país en el 2018, último año del gobierno de Enrique Peña Nieto, donde ocurrieron 36 mil 685 crímenes, la mayoría relacionados con la delincuencia organizada, de acuerdo con cifras del INEGI. 
Al inicio de su mandato, Peña Nieto lanzó un proyecto de país que casi nos colocaría en el primer mundo: el nuevo aeropuerto, trenes para agilizar el transporte, carreteras, entre otros, que prometieron poner a México a la vanguardia mundial. 
Pero tras el descubrimiento de la llamada “Casa Blanca” todo se derrumbó. La corrupción fue el signo más destacado de su sexenio; el acabose, sin embargo, llegó cuando se documentaron los desvíos en Petróleos Mexicanos, los vínculos de altos funcionarios con empresas como Odebrech, entre otras, que pagaron millonarias sumas por obtener contratos en la paraestatal. 
El tema de la inseguridad pública, durante los primeros dos años de gobierno, se borró de las páginas periodísticas. Si acaso aparecía una nota perdida en interiores, minimizando el flagelo del crimen organizado, sus complicidades con el poder y la violencia extrema que azotaba al país. 
El presidente y su Gabinete asumían una actitud que parecía que nada ocurría, a pesar de que todo estaba pasando: asesinatos, levantones, desapariciones forzadas y todo tipo de delitos de lesa humanidad que, hasta la fecha, están impunes. 
El crimen organizado seguía creciendo pese al silencio oficial. Y así terminó el sexenio, en medio de una crisis de inseguridad extrema. Ese fue el país que Peña Nieto le heredó al presidente Andrés Manuel López Obrador. Un barco casi hundido. 
Cuando López Obrador tomó posesión como presidente, el 1 de diciembre de 2018, uno de los principales ejes de la política gubernamental fue pacificar al país. “Serenarlo”, como ofreció el presidente. 
Nombraron en la difícil tarea de la Seguridad Pública a Alfonso Durazo Montaño, un hombre sin experiencia en la materia, como ya quedó demostrado el 17 de octubre con el operativo fallido de Culiacán
Sin embargo, López Obrador trazó su política contra el crimen organizado basándose en el diálogo, en el combate a lo que él llama “las causas” y que se enfoca en el apoyo económico a las comunidades más pobres, como si la pobreza fuera generadora de criminalidad. 
A diez meses de haber tomado posesión, el gobierno de la Cuarta Transformación ya registra unos 29 mil muertos y el actual está considerado como el arranque de sexenio más violento. 
Claro, a López Obrador no se le ha fugado ningún narcotraficante, como ocurrió en enero de 2001, cuando veinte días después de la toma de posesión de Vicente Fox se fugó Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo” del penal de Puente Grande, Jalisco. 
Lo cierto es que después de una decena de meses en el poder, la política de López Obrador para enfrentar al crimen organizado sigue generando más dudas que certezas. Y esto preocupa al gobierno de Estados Unidos, pues no están de acuerdo en que el gobierno mexicano se rehúse a utilizar la fuerza del Estado. 
Los datos de la violencia de diciembre a la fecha son contundentes. Los datos hablan: la tasa de víctimas de homicidio y feminicidio de enero a septiembre de 2019 llega a 21.15 casos por cada cien mil habitantes, la cual es superior a los 20.72 casos registrados en el mismo periodo de 2018. Con estos datos, se dijo a mediados de año, que de mantenerse esta tendencia el país registraría en 2019 un nuevo récord anual de violencia homicida. Y así ocurrió. 
Respecto del acumulado del actual sexenio (de diciembre de 2018 a septiembre de 2019) la cifra de personas asesinadas asciende a 29 mil 629 personas, de las cuales 28 mil 782 corresponden a homicidio doloso y 847 a feminicidios. En realidad, al mes de octubre, el número de homicidios ya rebasaba los 30 mil. 
El de López Obrador, de acuerdo con cifras oficiales, es el sexenio que arranca con un elevado nivel de violencia no visto desde los años noventa, cuando el país cayó en una fase crítica en materia de inseguridad pública. 
La administración de López Obrador ya superó a la de Peña Nieto en tasa de violencia. Un ejemplo: la tasa de carpetas de investigación iniciadas por el delito de homicidio doloso en los primeros diez meses del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador es de 19.48 casos por cada cien mil habitantes que, en comparación con la tasa registrada en los primeros diez meses del gobierno de Enrique Peña Nieto, que fue de 13.06 casos, equivale a un crecimiento del 49%. 
De acuerdo con datos oficiales, el motivo central de la violencia en México es el narcotráfico, una de las expresiones más violentas de la delincuencia organizada. Los cárteles de la droga se disputan territorios y el llamado cobro de piso a empresas y empresarios, lo que genera disputas y enfrentamientos. 
Un caso ejemplificativo es la guerra que enfrenta el cártel de Jalisco Nueva Generación y Los Viagras por el control de Michoacán: en esa entidad casi todos los productores pagan piso, desde mineros, aguacateros y transportistas deben pagar para que el crimen no les quite la vida. 
Este mismo fenómeno se repite en Tamaulipas, Veracruz, Tabasco, Puebla, Hidalgo, Tlaxcala, Ciudad de México, Estado de México, Guerrero, entre otros estados, donde opera abiertamente el crimen organizado. 
Sin estrategia no hay inversiones 
El presidente López Obrador sabe que si no cuenta con una estrategia clara y eficaz contra el crimen es muy difícil que el país se tranquilice, más aún, si no quiere usar la fuerza del Estado. 
Sus argumentos han dejado de respetarse, entre otras razones, porque se trata de una visión equivocada. Lo más grave de todo es que si el país no se calma es muy difícil que las inversiones lleguen. Nadie quiere invertir en un país donde reina la impunidad, la inseguridad pública y, sobre todo, donde se viola el principal derecho humano: la vida. 
El Estado mexicano –como ya está más que demostrado –no tiene capacidad para garantizar la vida ni el patrimonio de nadie. Eso en cualquier lugar del mundo se llama Estado fallido, pero las autoridades no lo reconocen. 
Recientemente el presidente se ha visto envuelto en polémicas inútiles. Es claro que a él le gustan los ambientes rijosos, la confrontación abierta, como si aún estuviera en campaña por la presidencia. Esto genera un enorme desgaste de la figura presidencial, a lo que se suma, por desgracia, la falta de resultados en la economía y en la seguridad pública, dos políticas que si no se enderezan pueden devorarse a la Cuarta Transformación. 
El presidente debe asumir la postura de un estadista, lejos de la diatriba y la confrontación: debe estar inmerso en la búsqueda de soluciones para los problemas que enfrenta el país, generando confianza internacional, sin la rijosidad que tanto daño le hace a su figura y a su gobierno. 
La campaña política ya terminó. López Obrador es el presidente. Es el gran momento de gobernar, de llevar a cabo el megaproyecto de país que prometió en campaña y al asumir la presidencia de la República. 
Es lamentable que el presidente hable de golpe de Estado, como si eso se estuviera fraguando. No cabe duda que es muy dañino gobernar con prejuicios, pelándose con fantasmas y preocupándose por lo que no existe. Eso es gobernar maniatado por la imaginación, la suposición. Es algo enfermizo desde el punto de vista psicológico que puede derivar en una patología. ¡Cuidado¡ 
Pero el presidente dice que él está muy sano. Mucho bien le haría acostarse algunos meses en el diván y someterse a algunas sesiones de psicoanálisis: le aclararía mucho el panorama y dejaría de ocuparse de los demás para atender sus tareas en Palacio Nacional. 
Esta es una recomendación que mucho ayudaría a su salud y a la salud del país. Ojalá lo tome en cuenta para bien de todos. La realidad no es la que el presidente piensa o supone. La realidad está afuera y es con la que nos topamos todos los días. El prejuicio hace mucho daño. Es como pelearse con los molinos de viento creyendo que son monstruos.
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