DESAFÍO


*El Culto Personal
*Estilo de Gobierno

Por Rafael Loret de Mola/La Opinión de México

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Por el culto a la personalidad –del presidente en curso-, estamos obligados a creer que, en los primeros nueve meses de su administración, se fundaron CIEN universidades gracias a la titánica labor de quienes dicen representar a la Cuarta Transformación. Lo malo del asunto es que NADIE las ha visto ni, mucho menos, conocen sus ubicaciones en la selva de la demagogia en la está convertida nuestra nación. Pero, ¡ay de quien lo diga porque será estigmatizado por siempre dada su impertinencia por NO ADULAR al mandatario “de la cabecita de algodón”!

        En este sentido no ha cambiado lo medular: el encumbramiento de la figura presidencial hasta el límite del autoritarismo luego de varios sexenios de ser hollada por magnicidas, entreguistas, frívolos, alcohólicos y decadentes ególatras. Ustedes pueden ponerle cada saco a quien le venga a la mente. Ahora, la renovación consiste acaso en recuperar el perfil de intocable del mandatario en curso con sus ramificaciones ilegales como, por ejemplo, defender a un delincuente enfermizo, digamos Manuel Bartlett, señalado por prevaricador además de otros crímenes de su pasado, con pruebas fehacientes y copias de veintitrés escrituras de sus mismos espacios urbanos –con valor de más de 800 millones de pesos; la casa blanca de peña está valuada en 43 millones para notar la diferencia-, y adularlo durante su informe para cerrar toda posibilidad de pesquisa. Tal poder sólo lo han tenido los Césares romanos y no necesito contarles cómo terminaron con su imperio. 

        Alegan sus admiradores –muchos menos de quienes votaron por él pero indiscutiblemente apasionados y numerosos-, que tal poder se lo dio el pueblo sin fijarse que los votos emitidos no le conceden el privilegio de decidirlo toso como le venga en gana sino le otorga el deber de actuar de acuerdo a los límites de la ley que él reconoce de palabra pero no aplica en la praxis como en el caso citado y en otros más en donde se repele a la crítica por considerarla irrespetuosa –no niego que en algunos casos de colegas resentidos, como Ricardo Alemán, se dan-, y “chayotera”, esto en sentido contrario del término que estigmatiza a quienes pasan la charola por debajo para recibir estipendios del poder público y no al revés.

       Todo se confunde cuando ganan las imprecisiones a los hechos y se alega que hay beneficios mayores para las comunidades rurales cuando éstas no han recibido los supuestos beneficios –en nueve de diez casas, dijo López Obrador-, de un régimen que va del consenso con la oligarquía al paternalismo añejo y humillante.

      Como diría el Tenorio: “a los palacios subí y a las aldeas bajé y en todos ellos dejé recuero amargo de mí”. Y sí, por allí va la cosa, en medio de las tormentas tersas de una oposición rebasada y marginada lo mismo entre la clase política que respecto a los periodistas infamados y a quienes se les reconocerá valor y certidumbre –los que lo son de verdad-, luego de que pase este temporal de interpretaciones a la luz de una vela, como en el pasado.

       Mientras más se cultive, adorado hasta sin banda tricolor, la personalidad del presidente, estaremos acercándonos nuevamente a cuanto queríamos dejar atrás: los vicios del presidencialismo autoritario que, por cierto, fundó el general Cárdenas para derrotar a los tantos caudillos de la posrevolución. Ya viene el Grito.

       La Anécdota 

       Daniel Cossío Villegas, gran historiados y analista política que mucha falta nos hace, publicó una saga de ensayos sobre la figura presidencial al final de la década de los setenta y principio de los ochenta de la centuria pasada. Uno de ellos, el primero, se centró en “El Estilo Personal de Gobernar”, una joya para los expertos y hasta los curiosos de este tema que sigue siendo actual en estos momentos de agitación política y económica.

       Y si algo puede sacarse en claro del primer informe –no tercero como mandó el señor López Obrador para desdeñar el ordenamiento legal-, es que hasta la supuesta austeridad de la puesta en escena marca un protocolo muy distinto en el que se alteran las formas al gusto del mandatario en turno. Y nadie lo detiene. Es, claro, su propio estilo… igual que siempre.

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