LA UNIÓN TEPITO Y EL CÁRTEL DE TLÁHUAC, LOS MÁS TEMIBLES

Ricardo Ravelo/La Opinión de México 

El crimen organizado opera en la Ciudad de México con vastos márgenes de impunidad: la mayoría de los cárteles del narcotráfico tienen representación en la capital del país y lo mismo lavan dinero que trafican con estupefacientes de todo tipo; disponen de amplias redes de distribución que funcionan con protección oficial y cuentan con estructuras de sicarios que en todo momento están dispuestos a matar.

            A diferencia de lo que afirma el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien festina su primer informe de gobierno afirmando, entre otras cosas, que en la capital del país están disminuyendo los delitos, lo cierto es que las actividades del crimen organizado se han multiplicado: a todas horas del día como de noche ocurren balaceras, secuestros, levantones y las bandas dedicadas al tráfico de drogas se disputan las principales zonas de consumo.

            Desde hace décadas, la capital del país se ha caracterizado por ser refugio de capos y asidero de bandas dedicadas al robo de autos, tráfico de enervantes, secuestros, entre otros delitos. De cuatro años a la fecha, los comerciantes de la Ciudad de México comenzaron a ser víctimas del llamado cobro de piso, un impuesto que exige el crimen organizado para que puedan trabajar sin problemas.

            Antes se pensaba que esta actividad criminal sólo era propia de los estados con profundas crisis de inseguridad, pero el organizado empezó a poner en práctica ese modus operandis que parece haber llegado para quedarse.

En algunos casos, la cuota es de 25 mil pesos mensuales, dependiendo el giro del negocio; en otros, aumenta a 50 mil y hay casos en que los dueños de bares –donde distribuyen cocaína y otras sustancias –deben pagar hasta 300 mil pesos al mes por mantenerse impunes en el sucio negocio de la venta de drogas.

            La distribución de drogas en bares y cantinas de la Ciudad de México es un negocio muy viejo: en los tiempos de Arturo Durazo Moreno, en los años setenta y ochenta, esta actividad ya tenía historia: la policía se encargaba de cuidar los sitios donde se practicaba la prostitución y se vendía cocaína a los clientes. Eran sitios de postín a donde acudían mujeres de la vida galante, artistas y políticos que, con poder político y dinero, se mantuvieron impunes. El propio jefe de la policía, Durazo Moreno, era cocainómano, según narró José González, jefe de ayudantes del jefe policiaco, en su célebre libro “Lo Negro del Negro Durazo”, la biografía criminal de quien durante el sexenio de José López Portillo fue el más poderoso jefe de policía que tuvo la Ciudad de México.

            Existen escenas, por ejemplo, en donde Durazo Moreno aparece en una entrevista televisiva y se observa cómo le escurre sangre por las fosas nasales, signo de la perforación del tabique provocado el excesivo consumo de cocaína.
            En aquellos años, el cártel de Guadalajara, entonces encabezado por Rafael Caro Quintero, tenía representación en la Ciudad de México; después fue Miguel Ángel Félix Gallardo el que asumió el control de ese grupo criminal. Dueño de fincas y haciendas, Félix Gallardo se codeaba con la crema y nata de la ciudad de México. Tenía poder y dinero: era el jefe de un cártel y accionista de un banco.

            A la vuelta del tiempo, otros capos también se refugiaron en la capital del país: los hermanos Beltrán Leyva se afincaron en la zona de Tlalpan, lo propio hizo Eduardo González Quirarte, El Flaco, jefe de relaciones públicas de Amado Carrillo Fuentes, quien encabezó el cártel de Juárez de 1993 a 1997.

            Joaquín Guzmán Loera también vivió durante mucho tiempo en la capital del país y Osiel Cárdenas solía viajar en coche desde Tamaulipas hasta la ciudad de México.
            Respecto de Osiel Cárdenas existe una anécdota que me contó su pistolero –actualmente testigo protegido –y que forma parte del libro “Osiel: Vida y Tragedia de un capo” (Grijalbo 2009) --quien la acompañó en uno de sus múltiples viajes: cuando arribaron a la capital, el jefe del cártel del Golfo quiso hospedarse en el hotel Fiesta Americana, ubicado en El Paseo de la Reforma.

            Era el año 2000 y Vicente Fox realizaba su campaña política rumbo a la presidencia de la República. La comitiva de Fox había rentado dos pisos en dicho hotel y había tanta gente del PAN como agentes de seguridad. El hotel en realidad estaba rodeado de hombres armados.

            “Juanito”, el testigo protegido, le preguntó a Osiel si quería hospedarse en el hotel a pesar de estar vigilado, a lo que Cárdenas Guillén respondió: “Por su puesto, ese lugar es el más seguro del mundo”. El capo arribó al Fiesta Americana y ahí pasó dos noches.

            Amado Carrillo Fuentes pasaba mucho tiempo en la Ciudad de México. Solía ir a cenar al restaurante San Angel Inn, uno de los cinco mejores lugares de la capital del país.
            También solía visitar la zona Rosa, donde se le veía con frecuencia a pesar de ser uno de los capos más buscados. Como le fascinaban los mariscos, se hizo cliente del restaurante Bali Hai, localizado en la avenida Insurgentes Sur y Barranca del Muerto. 

            Ahí comía langosta, camarón gigante, cangrejo moro, ostiones a la pimienta, entre otros platillos, pero dejó de ir en 1993 porque en una ocasión fue ubicado por los hermanos Arellano Félix, cuyos gatilleros abrieron fuego contra él cuando comía en el restaurante.
            El lugar estaba rodeado de gatilleros de Amado Carrillo, quienes se enfrentaron a los hombres del cártel de Tijuana. Carrillo Fuentes y su esposa lograron huir por el domo del baño de hombres, una ruta de escape que ya tenían muy bien estudiado, de acuerdo con las versiones que dieron en su momento los meseros del lugar. Poco tiempo después de esta balacera, Carrillo Fuentes se afincó en Sudamérica y, más tarde, fue declarado muerto oficialmente tras haberse sometido a una cirugía plástica, así como a una liposucción. Este caso se volvió todo un misterio.

            Los hermanos Arellano Félix también se la pasaban de lo mejor en la ciudad de México. Iban y venían de Tijuana hacia Guadalajara. En una ocasión, cuando fueron señalados de haber asesinado al cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, en 1993, se aparecieron en la Nunciatura Apostólica y sostuvieron una reunión con el Nuncio Girolamo Prigione, ante quien negaron haber orquestado el crimen de Posadas.
            Juan José Esparragoza Moreno, El Azul, también se daba sus paseadas por la Ciudad de México, más todavía, cuando vivía en Morelos bajo la protección del gobierno panista de Sergio Estrada Cajigal.

            También se supo que Dámaso López, “El licenciado”, operador del cártel de Sinaloa, vivía en un departamento en Polanco, justamente donde fue detenido hace dos años. Desde ahí operaba el tráfico de drogas a gran escala y arreglaba sus negocios.

            Sergio Villarreal Barragán operaba el tráfico de drogas desde el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Era gente de los Beltrán Leyva, se movía entre Torreón, Morelos y la capital del país. Controlaba a los empleados aduaneros que trabajaban en la terminal aérea y que, a cambio de cañonazos de dólares, aseguraban que la droga llegara a buen puerto tan pronto era descargada de la panza de los aviones que provenían de Colombia o de algún otro país sudamericano.

            Actualmente en la Ciudad de México operan todos los cárteles, pero particularmente la capital cuenta con tres organizaciones criminales poderosas: La Unión Tepito –son los que realizan el cobro de piso a restaurantes, bares y prostíbulos --, el cártel de Neza y el cártel de Tláhuac, los que operan la distribución de cocaína a gran escala en toda la ciudad.

            En la zonas Rosa –donde funcionan una gran cantidad de centros nocturnos y bares gay –se encargan de la distribución de mariguana, cocaína, crack , Ice y hasta heroína. También controlan la prostitución, la piratería; cobran piso y ofertan servicio de sicariato para asesinar personas por venganzas u otras causas.

            De igual forma se dedican a la clonación de tarjetas de crédito, el robo de autos, los secuestros y otros menesteres propios del crimen organizado. Se afirma que el cártel Unión Tepito está vinculado a Los Rojos, cuya base es el estado de Morelos. Los otros dos cárteles referidos están relacionados con Guerreros Unidos y el Cártel de Jalisco Nueva Generación, cuyo jefe -- Nemesio Oseguera --también se refugia en la ciudad de México.

            La capital del país, como se observa en este breve repaso histórico, ha sido asidero de capos y lugar de refugio de narcotraficantes. Eso de que el delito ha bajado no coincide con la realidad, pero se entiende que en el festín del primer informe hasta las mentiras cuentan.
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