VERDADES Y MENTIRAS




(Primera Parte)

STAFF GRUPO SOL

Ciudad de México.- El reportero Jayson Blair fue expulsado del periódico New York Times en 2004, por plagiar e inventar historias; Brain Williams fue suspendido por mentir en importante noticiero norteamericano en 2015; Claas Relotius, “reportero estrella” de la revista Dier Spiegel, uno de los medios más influyentes de Alemania, fue despedido el año pasado por “crear” testimonios y protagonistas en sus reportajes.

En contraste, en nuestro país, parecen recompensarse actitudes como las que costaron el despido de los periodistas extranjeros, y aunque existan pruebas de la falsedad…el asunto se sostiene contra viento y marea.

No debería haber mentiras pequeñas y embustes gigantes. Pero múltiples casos así lo demuestran en México.

Cerca del aeropuerto internacional de la capital de la República, se aprecia la estatua de José Luis, un niño que según la leyenda inventada por un diario de circulación nacional, “ofrendó su existencia cuando intentaba salvar a otras criaturas que peligraban en un autobús incendiado”.

Sin investigar, (talón de Aquiles de nuestra burocracia), el gobierno dio por buena la versión y premió generosamente a los padres del menor, les dio dinero y una vivienda como recompensa a la aportación cívica del niño.

Cuando la verdad se abrió paso, personajes políticos dieron marcha atrás: el “heroico muchachito” entró al autobús, pero sólo para intentar llevarse el dinero de “la marimba”, (caja especial donde los choferes acomodaban las monedas de bronce, de 20 centavos, con que generalmente se pagaba el pasaje respectivo), y sufrió graves quemaduras que le costaron la vida.

Y sus homenajeados padres resultaron ser, él un “carterista”, y la señora una “fardera”, quien se llevaba ropa nueva de almacenes que visitaba con regularidad. Pero la “estatua del “Héroe Infantil” no ha sido retirada.

El mismo día en que la artista Blanca Estela Pavón y otras personas murieron al estrellarse el avión donde viajaban, (26 de septiembre de 1949), la profesora Eulalia Guzmán sacó una pieza de cobre que rezaba “Rei Coatemo”, de una excavación en Ixcateopan, Guerrero; según las investigaciones de la maestra “se trataba de la tumba del último emperador azteca, Cuauhtémoc”.

Atento a todo lo que le redituara publicidad gratuita, el mentiroso universitario Alfonso Quiroz Cuarón, entonces investigador de una institución bancaria, aseguró que Eulalia Guzmán tenía “toda la razón del mundo y México debía rendirle un homenaje por su descubrimiento”.

La verdad es que los restos que efectivamente estaban en aquella excavación, son de varias mujeres jóvenes que probablemente jamás conocieron a Cuauhtémoc, “El Águila que Cae”…

Esa gran falla estuvo precedida por otra más importante: un grupo de nativos de Ixcateopan se puso de acuerdo para “falsificar” documentos antiguos, y de algunas iglesias coloniales se apoderó de viejos papeles en blanco y clonó la firma de Motolinia en varios, para hacer creer a las autoridades que “la tumba de Cuauhtémoc efectivamente estaba bajo una iglesia, donde fueron colocados los restos del emperador”. La profesora Guzmán creyó en sus “contactos” y solicitó apoyo federal para “recuperar el tesoro histórico”.

Hace muchos años también, en Tepexpan, Estado de México, fueron encontrados los restos de un mamut y los de un ser humano; con frecuencia se realizaban visitas a la zona y llegó a solicitarse gran número de llaves de bronce para levantar una estatua del “Hombre de Tepexpan”. Como en el caso de Cuauhtémoc, los restos corresponden a una mujer, pero nadie ha remediado el error de considerar de varón aquellos huesos.

A propósito de los presuntos yerros jamás reconocidos por las autoridades, está el drama de la Decena Trágica y el asesinato de Madero y Pino Suárez.

Este caso es particularmente importante porque el libro “México Acribillado”, editorial Alfaguara, contiene invenciones múltiples y algunas contradicciones tan notables que en el México de hoy no deberían disimularse.

El autor, Francisco Martín Moreno, quien según la empresa “goza de una gran reputación como novelista, historiador y columnista político”—recientemente criticó de manera amarga al Presidente Andrés Manuel López Obrador—tiene además un interesante programa televisivo, “Los Conspiradores”, donde colabora el historiador Alejandro Rosas.

Este profesional firmó un artículo donde describe la versión oficial del asesinato de Madero y de Pino Suárez: Ellos fueron sacados en dos automóviles, y cerca del Palacio Negro de Lecumberri, un grupo de truhanes trató de rescatarlos a sangre y fuego, pereciendo acribillados los personajes fuera de la parte oriental de la prisión.

Para reforzar “la historia” el gobierno levantó en el sitio un monumento en memoria de los mártires de la democracia en México y con cierta frecuencia las autoridades de la ahora alcaldía respectiva, rindieron homenaje a Madero y Pino Suárez, el 22 de febrero de cada año.

En cambio, lo que para nosotros es verdad, como redactó Francisco Martín Moreno, los hechos sucedieron así, según el sicario Francisco Cárdenas:

Por la tarde del día 22 de febrero de 1913, el general Mondragón le dijo que estuviera listo con sus hombres de confianza para matar a la pareja y que el primero que dijera una frase de lo que se iba a hacer, seria fusilado.

A continuación le comentó Mondragón que llevara a Madero y Pino Suárez a la Penitenciaría de Lecumberri, para fusilarlos en uno de los patios.

Madero protestó un poco, no así Pino Suárez, quien pidió que se avisara a su familia sobre el sitio a donde se le llevara. Al avanzar, Madero abofeteó a un guardia. Por el escándalo era expuesto sacarlos y Manuel Mondragón dijo: “llévelos a una caballeriza y allí los remata”.

Huerta comentó que “lo que ha de ser…que sea”. El sicario Francisco Cárdenas los puso al fondo de la caballeriza en Palcio Nacional para que sus elementos tiraran. El vicepresidente fue el primero que murió, fue alcanzado por disparos cuando corría. Madero pidió que no fueran asesinos, que se mataba con él a la República, “yo me eché a reír, y cogiéndolo por el cuello lo llevé contra la pared, saqué mi revólver y le disparé un tiro en la cara, cayendo en seguida pesadamente al suelo. La sangre me saltó sobre el uniforme”, concluyó el homicida.

Hasta ahí todo es cierto. No hubo balacera el 22 de febrero en las cercanías de Lecumberri, aunque los cadáveres acribillados a tiros fueron arrojados al otro lado del campo deportivo del Palacio Negro.

Y el autor Francisco Martín Moreno comienza a separarse de la verdad. “Escondido en Guatemala y después de haber pasado cierto tiempo en prisión, Francisco Cárdenas se sintió a salvo en el exilio, sin considerar el alcance del único brazo de Obregón, un ferviente admirador de la causa maderista. A tres semanas de que el Manco tomara posesión como presidente de la República, y claro está, después de haber mandado asesinar siete meses antes a Venustiano Carranza, Obregón hizo lo propio con el victimario de Pancho Madero, se encontrara donde se encontrara, a finales de diciembre de 1920”.

La realidad es que Francisco Cárdenas, en el traslado de una prisión a otra, quitó el arma de un custodio y se dio un balazo en el paladar, no murió instantáneamente como era de esperar, sino que tuvo tiempo para asentir cuando alguien le preguntó si había matado a Madero…Las pruebas están en los archivos de Guatemala, incluido el diario de Francisco Cárdenas.

Otra de las presuntas mentiras en México es la que involucra al considerado Robin Hood mexicano, Jesús Arriaga, “Chucho, El Roto”.

Lo que se consideraba “prueba máxima” de su existencia, (no hay fotografías del supuesto maleante generoso), era un letrero que rezaba en la prisión de San Juan de Ulúa: “Aquí estuvo Chucho, El Roto”. Pero el Canal 22 de televisión dedicó gran espacio a investigar sobre Jesús Arriaga y sus posibles antecedentes de cautiverio y nada encontró, tampoco parientes y menos el sitio donde pudiese estar sepultado. Sin embargo, nada importó a los mercaderes de la publicidad, quienes inventaron una serie de aventuras jamás comprobadas por historiadores de verdad. Se afirmaba que era un maestro del disfraz y podía hacerse pasar como “una hermosa dama” (¿?).

En otra ocasión hablaremos extensamente de las mentiras en México; por ahora baste demostrar que mientras más fantástico es un embuste, más lo creen los incautos.

En el libro “La Noche de Tlatelolco”, primera edición, febrero 1971, una gran amiga comunista de Elena Poniatowska, Margarita Nolasco Armas, multi diplomada antropóloga, comenta en la página 172:

“Yacían los cadáveres en el piso de concreto esperando a que se los llevaran; conté muchos desde la ventana, cerca de CUATROCIENTOS. Los iban amontonando bajo la lluvia. Yo recordaba que Carlitos, mi hijo, llevaba una chamarra de pana verde y en cada cadáver creía reconocerla”.

Margarita Nolasco Armas se convirtió así en la única persona que contó cerca de CUATROCIENTOS cadáveres en la Plaza de las Tres Culturas, el 2 de octubre de 1968.

Pero no sabía en esos momentos del talento del general Raúl Mendiolea Cerecero, quien analizó La Noche de Tlatelolco y encontró pifias tan increíbles, que podrían haberle costado caro a Elena Poniatowska.

Para la segunda edición de La Noche de Tlatelolco, en el mismo año 1971, el falso dato de los CUATROCIENTOS cadáveres fue reemplazado por otro menos exagerado y creíble: “Yacían los cadáveres en el piso de concreto esperando a que se los llevaran. Conté muchos desde la ventana, cerca de SESENTA Y OCHO”.

Se dice que la señora Poniatowska no quería aceptar que 400 muertos era una cifra increíble y que se resistía a hacer la rectificación lógica.

¿Realmente se negaba a corregir sus mentiras Poniatowska por capricho o para no quitarle fuerza al posteriormente Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz, quien, investigado como subversivo por el FBI, juraba que la cifra creíble de víctimas en Tlatelolco era de TRESCIENTAS VEINTICINCO?

“Cerca de cuatrocientos cadáveres”…tomaba cuerpo la versión por lo que decía Paz, enemigo del Presidente Gustavo Díaz Ordaz y guía de los intelectuales, a quienes igual que a su padre, culpó siempre su hija, Helena Paz, de haber llevado a la muerte a muchos inocentes.

Pero el testimonio de la antropóloga no contenía sólo un error grave para cualquier editorial: “Yo recordaba que Carlitos, mi hijo, llevaba una chamarra de pana verde y en cada cadáver creía reconocerla”.

Resulta que por escribir sus testimonios precipitadamente, (aunque el libro La Noche de Tlatelolco salió a la venta en febrero de 1971, dos años y fracción después de la tragedia de la Plaza de las Tres Culturas), no se percató que no podía reconocer la chamarra de pana verde de su hijo entre “cuatrocientos cadáveres o sesenta y ocho cadáveres”…porque NO SABIA EN ESOS MOMENTOS que el joven no había regresado a casa aquella tarde trágica.

El muchacho no dijo que iría al mitin sino a una función de cine y tras la balacera ya no pudo comunicarse a su domicilio, pues no había celulares y la comunicación se hacía por teléfonos de cabina, accionados con monedas de bronce de 20 centavos. Atrapado en un departamento, salió hasta el día siguiente. Pero aquella noche, la antropóloga se enteró que su hijo no estaba, hasta que llegó a su casa y sus seres queridos le comentaron que “Carlitos no había llegado del cine Tlatelolco”. Aquí cabe mencionar otra mentira avalada por la firma de Elena Poniatowska: redactó la señora que Margarita Nolasco Armas se pasó TODA LA NOCHE buscando a su hijo, “puerta por puerta, departamento por departamento, pasillo por pasillo del edificio Chihuahua, gritándole a Carlitos”.

Falso. Efectivamente, la familia de Carlitos buscó al muchacho pero no en el edificio Chihuahua, sino en la Tercera Delegación, Procuraduría de Justicia del entonces Distrito Federal y Campo Militar Número Uno.

Por la mañana del día 3, Carlitos logró comunicarse a su casa y un amigo fue por él a la Estación de Buenavista…mientras, ahora sí, el día 3, su madre pidió permiso para entrar al edificio Chihuahua y gritarle hasta que finalmente le dijeron que ya estaba sano y salvo en su domicilio.

Es importante citar que Carlitos es ahora un famoso médico, Carlos Melesio Nolasco y que, tal vez sin intención, desmintió la mayoría de los “testimonios” de La Noche de Tlatelolco, al comentar lo siguiente, en resumen: Él y sus primos estudiaban en un plantel lleno de maestros comunistas y supieron del mitin. Con el pretexto de ir al cine Tlatelolco, se presentaron en los momentos en que estaban ahí las antropólogas Margarita Nolasco y Mercedes Olivera de Vázquez.

Como los muchachos iban fumando, prefirieron no saludar y se escondieron en el edificio Chihuahua. En elevador llegaron al piso décimo segundo y se asomaron por un barandal. En aquellos momentos comenzaron a avanzar los militares, LENTAMENTE Y SIN DISPARAR, pero se escucharon tiros procedentes del edificio multicitado y la gente comenzó a alarmarse y luego a correr, “LOS SOLDADOS DEJABAN PASAR A LA GENTE SIN PROBLEMA” y de pronto, comenzaron a estrellarse balas en el techo del pasillo donde estaban los estudiantes con Carlitos.

Se fueron de ahí para esconderse y una bala provocó un incendio, el velador les dijo que le ayudaran a apagar el fuego, cerrando las válvulas de gas, lo hicieron y el vigilante les ofreció un departamento vacío, a donde nunca llegaron los soldados para “ametrallar puertas y sacar violentamente a los ocupantes”, como asegura la leyenda.

Carlitos y sus primos nunca vieron que los militares dieran muerte a nadie, en cambio, según la señora Poniatowska, él líder Gilberto Guevara Niebla dijo que al ser atrapados por gente armada con ametralladoras, en el edificio Chihuahua, “cerrada la trampa se inició el asesinato colectivo” (¿?). (La Noche de Tlatelolco, Página 175).

En estos tiempos, cincuenta años después de la tragedia, todavía hay personas que critican al ahora desaparecido él líder Luis González de Alba, (cuyo libro “Los días y los años” fue plagiado “con su permiso” por la escritora), porque se quejó 25 años después.

Pero las autoridades le dieron la razón a Luis González de Alba y obligaron a Poniatowska a rectificar prácticamente toda su obra. La razón es fácil de comprender: Luis le dio datos y la escritora los acreditó como le dio la gana, y por tanto, algunos personajes nunca estuvieron donde los cita el libro. Lo grave es que ninguno de los “testigos” mencionados por la francesa nacionalizada mexicana, tuvo el valor de confesar que les habían regalado fama gratuitamente y que, algunos tuvieron el cinismo de ofrecer conferencias de prensa para “relatar sus vivencias” en la Plaza de las Tres Culturas.

Uno de los más conocidos líderes estudiantiles, según La Noche de Tlatelolco, decía que el Ejército bombardeó con proyectiles de “baja potencia”, llamados “trazadores”, el edificio Chihuahua. Todos los impactos estremecían el gigantesco inmueble hasta sus cimientos.

Los trazadores eran “para abrir boquetes en los muros, facilitando el fuego graneado de los fusileros paracaidistas, comandados por el general José Hernández Toledo”.

Y como al principio del movimiento estudiantil—que jamás comenzó con “un pleito entre escuelas” como lo aseguró Octavio Paz—a un militar se le ocurrió destruir una puerta centenaria con un bazucazo, un periodista aseguró que el Ejército atacó con bazucas, ametralladoras empotradas en los jeeps y con fusiles de alto calibre, el 2 de Octubre de 1968.

El líder estudiantil Félix Lucio Hernández Gamundi—quien como muchos jamás dijo que lo que le atribuyó como testimonio Elena Poniatowska no era cierto--, estaba escondido en el departamento de su novia, edificio Chihuahua, cuando fue capturado por la policía. Nada vio pero aparentemente esto declaró: “Cientos de personas vieron que desde el tercer piso del Chihuahua, luego de detener a los que ahí se encontraban, los agentes con guante blanco empezaron a disparar sobre los asistentes al mitin y también contra la tropa que se acercaba. Inmediatamente después, en cuanto los soldados respondieron el fuego, los agentes se cubrieron tras el barandal de concreto de la tribuna mientras encañonaban a los prisioneros que continuaban de pie y con las manos en alto, totalmente descubiertos. Primero el tiro de los soldados daba en el techo, pero conforme la tropa avanzaba sobre la Plaza el tiro bajaba y las esquirlas saltaban ya de la pared. Entonces se ordenó a los prisioneros que se tiraran al suelo y cuando arreció el fuego sobre el Chihuahua, los individuos de guante blanco, que esporádicamente se identificaban como Batallón Olimpia, empezaron a gritar a coro para hacerse oír durante lo más nutrido del tiroteo: “Batallón Olimpia, no disparen”. Como el fuego era cada vez mayor y empezaban a oírse LAS DESCARGAS DE LOS TANQUES Y SUS AMETRALLADORAS DE ALTO PODER, iniciaron la búsqueda de un woki toki con verdadera desesperación. El que el parecer iba al mando del batallón dio la orden de no disparar más. Se oían gritos de “Ya no dispare nadie, busquen un woki toki”. En los últimos disparos habían reconocido el estampido de los fijadores: BOMBAS DE BAJO PODER ARROJADAS POR LOS TANQUES PARA ABRIR MUROS Y PERMITIR LOS DISPAROS DE LA INFANTERÍA. Con el guante o pañuelo blanco en la mano izquierda pasaban continuamente arrastrándose sobre los codos. No tenían al parecer manera de comunicarse con la tropa que abajo disparaba contra todos. “A nosotros sólo nos extrañaba el que se tardaran tanto en asesinarnos”, concluyó Félix Lucio Hernández Gamundi. Extraña declaración para una persona que no fue testigo presencial por haber estado escondida en el departamento de su novia, junto con otros estudiantes temblorosos.

Pero volvamos al inicio del trabajo, cuando mencionamos las severas sanciones para periodistas… en el extranjero.

Aquí es cosa común el exagerar y mentir hasta con el beneplácito de los editores. Tuvimos conocimiento y fuimos testigos reales de una “volada” cuando la Procuraduría General De la República, combatía o fingía combatir el narcotráfico.

Uno de los reporteros llevó a su familia al puerto de Acapulco, aprovechando que la PGR había convocado para un recorrido por los sembradíos de amapola, destruidos con sustancias químicas arrojadas desde helicópteros artillados.

Unos helicópteros fueron enviados en X dirección, otros en diferente y por la tarde nos reunimos en la sala de prensa. El embustero no había ido, se asoleó en una alberca. Con tranquilidad preguntó cómo había estado la gira de trabajo, y sorbiendo con popote de un coco lleno de agua y ginebra, se frotó las manos y comenzó a escribir. De momento nadie se dio cuenta del texto, pero como antes no había WhatsApp, tuvo que dictar en voz alta su presunta crónica.

Con toda naturalidad, dijo: “En ocasiones, los reporteros tenemos que aventurarnos en los enormes helicópteros de la PGR, para cumplir con nuestro compromiso de mantener informados a nuestros lectores.

“Este enviado especial, junto con piloto y copiloto federales, se salvó de morir al atardecer, cuando narcotraficantes no identificados abrieron fuego contra la nave en que nos trasladábamos. Los proyectiles seguramente eran de bajo calibre, pero abundantes, quizá de alguna metralleta israelí”…Los que escuchábamos nos miramos con asombro y…CONTINUARÁ

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